La traducción de los nombres propios ¿una tarea sencilla?

Aunque en teoría la traducción de los nombres propios puede parecer una tarea fácil (sobre todo durante los últimos años, en los que la tendencia predominante ha sido la de trasladar directamente el nombre a la obra traducida), en la práctica estos elementos pueden ocasionar verdaderos quebraderos de cabeza a los traductores.

Está claro que siempre depende del tipo de nombre propio del que estemos hablando:

Por una parte, están los nombres reales (nombres de pila, apellidos, topónimos, instituciones públicas o privadas, obras literarias/pictóricas/musicales y un largo etcétera) que se utilizan para designar elementos de la realidad. Como norma general, hoy en día estos nombres no pueden y no deben traducirse de un idioma a otro, pues resultaría muy gracioso encontrarnos con Jorge Matorral (George Bush) o Bertín Esperanza (Bob Hope). Solo imaginad el caos (y la risa) que producirían los telediarios.

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Pero claro, ¿qué sería de una norma sin sus excepciones? Sí se traducen los nombres propios de personajes célebres con equivalentes tradicionales como por ejemplo Ricardo Corazón de León (Richard the Lionheart) o Miguel Ángel (Michelangelo), al igual que también se traducen los apodos como Barbarroja (Barbarossa).

Por otra parte, están los nombres ficticios. Este tipo de nombre propio es completamente distinto a los nombres reales, pues por lo general el escritor escoge un determinado nombre para un personaje concreto con una clara intencionalidad. También influyen otros factores como el tipo de carga connotativa que posee, el género del texto o incluso el grado de transparencia del nombre. Así pues, es evidente que cuando aparece un nombre con gran contenido connotativo y transparente debe traducirse, como por ejemplo Blancanieves (Schneewittchen).

No ocurre lo mismo con aquellos nombres ficticios que son característicos de una cultura concreta, como por ejemplo encontrar Viktoriya (Victoria) en un cuento ruso o Alessandra (Alejandra) en una novela italiana. En estos casos, es preferible no traducir el nombre ya que es un elemento que el lector espera encontrar en ese contexto determinado. En otras ocasiones el nombre es simplemente una forma de denominar al personaje sin ningún significado, por lo que podría no traducirse o ser sustituido por cualquier otro (cosa menos frecuente).

¿Todo claro? Pues abrochaos los cinturones que vienen curvas.

curvas

La cosa se complica aún más cuando se trata de un nombre propio ficticio que teniendo una gran carga connotativa no es completamente transparente; por ejemplo porque sea un nombre cuyo referente es real, pero que ha sido modificado por el autor y ha tenido como resultado un nombre completamente nuevo. En este caso el traductor debe hacer uso de su imaginación para ser capaz de trasladar las connotaciones originales de una forma creativa para que el nombre traducido encaje con el resto del texto.

En este grupo podríamos encontrar nombres como el apodo que recibe un personaje de Juego de Tronos Pyromancer (pyro = fuego y romancer = amante de algo) que en español se tradujo como Piromante (de piro y amante) o algunos lugares famosos de esta misma saga como Poniente (Westeros) o Invernalia (Winterfell).

Sin duda alguna, este tipo de nombre propio es el que provoca más controversia, pues no faltan nunca aquellos que proponen otras alternativas “más acertadas” o que directamente condenan al pobre traductor. Pero claro, es más fácil acusar a otro que pensar que en muchas ocasiones los traductores trabajan con plazos ajustados o que simplemente se trata de una decisión del revisor o de puro marketing.

Por si esto ya fuera poco, después de todo, puede darse el caso de que una traducción que en su momento nos pareció una perfecta, resulte ser un desastre y nos persiga el resto de nuestra vida. Hablo en especial de aquellos nombres propios que pertenecen a sagas y que cuando aparecen en el primer libro parecen pan comido ya que o bien son insignificantes o bien no tienen significado. Pero resulta que tres libros después, el personaje/lugar/cosa es parte fundamental de la trama, su nombre proviene de un dialecto africano, lo tienes que rimar doscientas veces y además tienes que conseguir las siete Dragon Balls y también las Reliquias de la Muerte.

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Una vez más me remito a Juego de Tronos para ejemplificar el caso (vale, vale, lo confieso, soy una friki de los libros/serie de TV). El primero de estos nombres es Hediondo (Reek), un personaje que cuando apareció no era más que un esclavo segundón sin importancia que apenas tenía un par de líneas en el libro. Pues resulta que dos libros después, otro personaje principal recibe el mismo nombre al convertirse en esclavo, y durante el resto del libro se hacen innumerables rimas con todo tipo de palabras peyorativas. Mientras que en inglés Reek se rima fácilmente con weak, freak, sneak o meek, no puedo imaginar el sufrimiento de la traductora Cristina Macía al intentar rimar Hediondo con fondo, lirondo o redondo.

El segundo nombre no es nada más ni nada menos que el famoso Hodor, pues me atrevería a decir que no existe ningún traductor que hoy en día no lo conozca. Sí, hablo de ese querido personaje de nombre peculiar (aparentemente no connotativo) cuyo vocabulario se limita a “Hodor” y más “Hodor”. El mismo personaje que tras cinco libros (bueno aún no en los libros, pero sí en la serie de TV) descubrimos que recibe su nombre de un trauma infantil en el que repetía “Hold the door!, Hold the door!” hasta que se reduce a un simple HoldthedoorHolddoorHodor. Evidentemente el reto de traducir este nombre es inmenso, ya que aunque esta expresión en español resulta “intraducible”, el nombre del personaje es el que es y no podemos cambiarlo después de tantos libros para que encaje con una expresión española. Así que supongo que la traductora tendrá que arreglárselas para intentar mantener el nombre y el sentido original de una forma natural en la traducción. Sea cual sea la solución, parece que está destinada a provocar un gran revuelo, no olvidemos que hace no mucho se emitió en televisión tanto la versión española (Aguanta el portón HodorelportónHodorel portoHodorHodor) como la latinoamericana (Dejalo cerradodejalorradojalorradojaloadorjoadorHodor) y ninguna de las dos consiguió contentar a los espectadores.

Una vez más la culpa es de los traductores. Nadie piensa que elementos como este son totalmente imprevisibles y que en más de una ocasión han hecho que el traductor sienta el impulso de querer matar al escritor. Ante estos casos solo queda darle muchas vueltas al coco para encontrar una solución ingeniosa sin tener que recurrir a las “molestas” notas del traductor que interrumpen la lectura y que para muchos significan el fracaso de éste.

Como he intentado explicar, la traducción de los nombres propios resulta una tarea mucho más compleja de lo que podía parecer a priori. Son muchos los distintos factores que condicionan su traducción y no podemos aplicar una única norma de forma indiscriminada. En resumen, cada caso requiere ser tratado de forma individualizada para conseguir el mejor resultado posible.

En fin, espero que esta información os resulte interesante y sobre todo útil. Hasta la próxima y recordad: Keep calm and Hold the door!

Jenifer

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2 respuestas a “La traducción de los nombres propios ¿una tarea sencilla?

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