Interpretación en un hospital (que no biosanitaria)

En esta entrada quiero hablaros de mi pequeña experiencia en la interpretación biosanitaria. Pero antes de empezar quiero aclarar una cosa: como ya sabréis los que seguís este blog (y si no, os lo cuento ahora), todo lo que escribimos aquí lo hacemos desde la perspectiva de seis chicas recién graduadas, y por tanto, lo hacemos desde la humildad de quien está todavía aprendiendo. Con esto quiero disculparme de antemano en caso de que algún profesional de la interpretación acabe leyendo este artículo y pueda echarse las manos a la cabeza. Dicho queda.

La situación era la siguiente: una familia estadounidense se encontraba de vacaciones en España cuando uno de los hijos tuvo una caída un tanto aparatosa y se lastimó la espalda. Tuvo que ser trasladado al hospital más cercano (en este caso el hospital Virgen del Rocío, en Sevilla) y allí iba a ser sometido a una operación en la columna vertebral.

En primer lugar, esta experiencia no empezó siendo una interpretación al uso. En un contexto habitual, el intérprete es contratado por el hospital. En el Virgen del Rocío existe un servicio de interpretación, pero es telefónica: el profesional de la interpretación habla por teléfono con el cliente-paciente, le transmite el mensaje al médico y viceversa. La familia para la que trabajé prefería a alguien que pudiese estar presente y así hablar cara a cara, de manera que recurrieron a un intérprete ajeno al hospital para que prestara un servicio privado.

Mi papel como intérprete no se pareció en nada al rol que estaba acostumbrada a desempeñar en las situaciones controladas que simulábamos en clase, en las que fingíamos interpretar al médico y al paciente en la consulta del primero. En las aulas nos enseñan a adquirir una posición neutral y a centrarnos en la terminología médica. Sin embargo, en la vida real, uno no llega a la consulta del médico directamente y se marcha a su casa sin más, tal que así:

doctor-hibbert

Antes de que el paciente llegue a la consulta del médico, debe explicar en recepción por qué necesita atención médica, debe aportar sus datos personales y si el problema es grave, como en este caso, debe ser hospitalizado, lo cual conlleva más papeleo aún. Al finalizar el tratamiento o el servicio médico, el paciente necesita comunicarse con los trabajadores de la administración acerca del seguro médico (porque si estamos interpretando a alguien extranjero, muy probablemente deba gestionar papeleo relativo a seguros), la documentación necesaria para el alta médica, etc.

Estas situaciones no son las típicas que se abarcan en un aula de interpretación, ni siquiera están estrictamente relacionadas con el tema biosanitario, sino más bien con lo administrativo. En mi caso, la clienta en cuestión era incapaz de comunicarse con las enfermeras ni con el doctor que atendían a su hijo. Además, al ser extranjeros, se sumaban otras cuestiones de las que necesitaba asegurarse.

Pero sobre todo, para lo que no estaba preparada antes de empezar la interpretación era la carga emocional que contenía la mera interacción con la madre del paciente, al cual iban a operar en un país extranjero del que poco sabían más allá de lo que se supone que pueden saber unos turistas que se disponen a pasar unos días de vacaciones en nuestro país. Tratar con una situación así requiere grandes dosis de paciencia y de empatía (por mucho que en clase nos enseñen a desvincularnos de lo que se habla en la interpretación).

De ahí que mi papel, más que una mera intérprete bilateral, fuera el de mediadora cultural entre Estados Unidos y España. Por ejemplo: la mayor preocupación de la madre del paciente era si el sistema de salud público español sería mejor que el sistema privado, tal y como le habían comentado desde que llegó al hospital. En concreto, si el hospital en el que se encontraba era bueno. Es de entender, ya que en este aspecto, los sistemas sanitarios estadounidense y español son opuestos: en España, al ser la sanidad pública, lo más común es acudir a los hospitales públicos y no privados; en Estados Unidos, sin embargo, lo más normal es disponer de un seguro médico privado (y esto es algo que inevitablemente tuve que explicar).

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Su segunda preocupación era la de si podría mandar a su médico de los Estados Unidos los rayos X que habían tomado al ingresar a su hijo (una vez más desconfiando de la sanidad española, pero es de nuevo comprensible).

Otra de sus preocupaciones era, como ya anticipaba antes en la entrada, cuál iba a ser el método de pago para subsanar los gastos de la estancia en el hospital y la operación. Para enterarnos de esto tuve que interpretar a (o más bien hablar en nombre de) la clienta ante los trabajadores del departamento de cargos del hospital.

Por supuesto, también hubo interpretación enfermero-paciente y doctor-paciente/padres del paciente, pero desde luego no requirió ni la mitad del tiempo que le dedicamos a otros asuntos. Finalmente la operación resultó sin complicaciones, la familia volvió a casa con el papeleo resuelto y sin duda fue una experiencia muy valiosa para mi.

Vosotros, queridos lectores, ¿qué opináis? ¿Debería ser el intérprete un mero intermediario lingüístico entre clientes o sois partidarios de una postura más cercana y mediadora?

Hasta la próxima,

Alba

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