Desafiando a la RAE

Hace tres semanas Alba publicaba una entrada animándonos a cuidar nuestra amada lengua ya que por influencia, moda o falta de atención, cada vez con más frecuencia preferimos expresarnos con extranjerismos, aunque las realidades a las que nos referimos existan en castellano. Por no hablar, como ya indicaba Alba, de los calcos (también conocidos como false friends), cuyo uso considero la forma más ruin de maltratar nuestra lengua. Lo cierto y verdad es que admito abiertamente que tenemos que echar un cable a la RAE de vez en cuando y mimar, queridos hispanohablantes, esta herramienta de comunicación tan importante que es la lengua.

Sin embargo, como estudiante de lenguas en particular y hablante en general también tengo que reconocer que en ocasiones la incursión de algún que otro préstamo o extranjerismo en nuestro vocabulario me parece más que indicada. ¿Y cómo va a ser eso después de haber jurado solemnemente fidelidad eterna a la RAE?

                                                  

Básicamente considero tres razones:

El consenso. Continuamente nuevos productos, servicios y realidades aparecen en nuestro día a día como por arte de magia, acompañados evidentemente de una denominación. Aunque en este proceso de denominación tenga que ver la presencia de una campaña de marketing y/o la influencia del proceso de globalización, al fin y al cabo son los hablantes los que terminan incluyendo estas nuevas palabras (o no) en su vocabulario cotidiano y además creando en muchos casos en torno a este término inicial una serie de derivaciones.

Un caso que me llama mucho la atención es el frecuente uso que hacemos en castellano peninsular de la palabra tablet (no aceptada por la RAE) frente a su adaptación tableta, que por supuesto está incluida dentro del diccionario de esta institución. Un uso que no solo está presente en el lenguaje común, sino también en los medios de comunicación más serios. Bajo mi punto de vista son estos casos los más controvertidos porque hay que “proteger” la lengua pero, ¿se puede luchar contra la mayoría? Y cuando escribo mayoría, me refiero a hablantes con distintos niveles de formación en cualquier registro.

El principio de economía del lenguaje. A los hablantes en general no nos gusta despilfarrar palabras así porque así, no sin un buen motivo. Por eso, entiendo que en muchos casos se prefiere usar la adaptación por derivación de un extranjerismo a su posible equivalente en castellano.

Pongamos como ejemplo una realidad que, aunque muy joven, es más que común en nuestras vidas. Me refiero al servicio de mensajería instantánea conocido como WhatsApp. El nombre venía ya de fábrica, pero su uso ha derivado en la aparición de otro término nuevo como wasapear, y este, sí que sí, surge de la necesidad de expresar una acción concreta y ha sido elegido por los hablantes. ¿Y no sería más correcto designar esta acción como mandar un mensaje de texto instantáneo?

Desde mi punto de vista no, no y no. No, porque es demasiado larga; no, porque además los hablantes han decidido que es este verbo el que expresa mejor su realidad y no, porque considero que según se use el extranjerismo o su equivalente en castellano, el mensaje del emisor irá acompañado de una serie de connotaciones pragmalingüísticas concretas.

La riqueza de otros idiomas. Todos nos asombrábamos en clase cuando nos explicaban que aunque en castellano se usa solamente un término (nieve) para designar el agua helada que cae en forma de copos, existían lenguas en las que se podían utilizar diferentes formas para expresar esta realidad respondiendo a una serie de características. Bien, aunque muy exagerado, creo que este ejemplo me sirve perfectamente para explicar el tercer motivo válido por el que creo que el castellano puede ir acompañado por términos de otras lenguas, ya que aunque pese reconocerlo, quizás solo con nuestro idioma no podemos expresar todo lo que sentimos, pensamos o queremos hacer, y no precisamente porque la existencia de esa realidad que queramos expresar sea corta. Voy a hablar a continuación de dos palabras en concreto que gustosamente introduciría en mi vocabulario:

  • Wanderlust. Este término se ha hecho muy famoso últimamente y creo que define a la perfección esas ganas locas de coger la mochila y recorrer el mundo, sin más motivo que el de viajar.
  • Fernweh. Ese sentimiento de añoranza cuando estás lejos casa y echas de menos tu ambiente, tus costumbres, tu rutina…

Son dos casos muy concretos, no propongo de repente que todos los usemos, aunque cierto es que ahora muchos hablan de Wanderlust en determinadas redes sociales… Me refiero a que si soy consciente de que mi compañero hispanohablante, con el que me comunico en castellano, conoce dicha palabra en alemán, es totalmente legítimo, según pienso, expresar estos sentimientos en estos términos, porque definen de forma mucha más precisa lo que quiero decir.

Con todo esto solo quería apuntar razones generales y ejemplos concretos en los que para mí no está tan claro si de verdad protegemos nuestra lengua rechazando nuevas influencias, ya que al fin y al cabo, la lengua está viva y evoluciona.

Bueno, hasta aquí mi aportación para hoy. Ya solo me queda pediros vuestra opinión. ¿Respetáis a la RAE por encima de todo o consideráis que en ocasiones serle infiel está justificado?

¡Feliz semana!

m.c.p.a

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