Viajar sola: reflexiones sobre una escapada

Fue algo espontáneo, on the spur of the moment. Hacía cinco años casi exactos que no me sentía así. Libre, digamos. Bueno (¡que me subo!) no libre del todo… Todo se puede resumir en que cuando decidí esto acababa de cerrar una etapa que marca. Una etapa para la que necesito una única entrada. Estaba sin exámenes en el camino, ni TFGs, ni notas pendientes, ni tutorías, ni blablabla… Y aún sin poner los pies en el suelo de toda la locura y estrés del último mes de carrera(s), en uno de esos cientos de diálogos mentales diarios en los que ángeles y demonios intercambian palabras, surgió la idea:

Demonio: —Ta, ahora o nunca. Pero el angelito replicaba: —No Romina, no tenés plataEstás en el horno. El demonio, como pasa en las mejores historias, es más fuerte que el ángel, y en un a tomar por saco: yo me voy a Lisboa este finde, reservé albergue, Amovens, preparé en un pispás la mochila que me compré en 4º de la ESO y el sábado a las 10:20 de la mañana estaba en un coche con una sevillana, un sevillano conductor (sin sevillanas maneras, que conste) un PARA MI SORPRESA chico de la primera promoción de nuestro doble grado y SEGUNDA SORPRESA otra uruguaya. Momento patrocinado por Amovens.

****Hago aquí un inciso para que el lector o lectora no salga corriendo. No, no voy a relatar los bares, restaurantes o trenes que cogí. Tampoco el viaje en sí con los detalles sobre mi interacción con la ciudad. Creía que no, pero en el caso de que proceda de esa manera, me voy a extender de tal forma que las pocas personas que estarán leyendo esto directamente se van a ir pitando. Aunque, todo hay que decirlo, para mí sería un placer, eh. Que conste. Ahora centrémonos en la experiencia misma.****

Viajar sola. Bueno, ¿sola? Como tal, sí, ya he viajado en más de una ocasión sola, pero sin que esto se convierta en el leitmotiv del viaje mismo. Mi intención era descubrir, con mis cincos sentidos, una ciudad a la que la gente que conozco define como diferente. Y sola. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no hablar con alguna amiga o amigo (¡o con ambos!) y disfrutar de un par de días en la capital lusitana?

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El Ara Malikian lisboeta. Un espectáculo.

Sencillamente porque quería tener una opinión propia sobre esto de viajar solo y, sobre todo, desconectar de una ciudad que la última semana me había tenido al borde de un ataque de nervios (gracias, UPO querida).

Y sí, claro que aprendí. Por una parte, está más que comprobado que se conoce gente. En mi caso, las dos noches que estuve en Lisboa salí a tomarme unas merecidas Sagres con mi compatriota. Intercambiamos puntos de vista, anécdotas y vivencias de uno y otro continente que siempre tendré presentes. Dentro del albergue, los desayunos estuvieron amenizados por el japonés más extrovertido de la ínsula que, con una gramática envidiable y un acento graciosísimo, no paraba de hablar sobre la cultura juvenil de su país, llena de Lolitas, manga y otras cuestiones con las que no estoy nada familiarizada. En la habitación, más variedad. Hice buenas migas con una mozambiqueña encantadora que se estaba preparando para volver a su país, al que no había vuelto desde su exilio en Portugal 40 años antes. La segunda noche, una turca, muy “feliz” no paraba de reír a la vez que se quejaba de la pendiente de la ciudad. La experiencia vale la pena, eso for sure.

Por otra parte, por lo menos en una ciudad como Lisboa, no hay que preocuparse por perderse, lo dice una persona que no tiene el sentido de la orientación más desarrollado de lo normal. El Tajo funciona a modo de Guadalquivir/Giralda para un sevillano, así que, aunque se coja metro, es fácil localizar dónde estás. Los lisboetas fueron muy simpáticos siempre que pedí indicaciones, si bien me sorprendió el servicio de turismo de la ciudad (para mal) por más de un motivo, algo para lo que, si pinta, haré otra entrada.

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Bairro Alto: la bocanada bohemia de la ciudad.

Me gustaría hacer hincapié en la cuestión de la seguridad. Cuando le dije a mis padres que me iba un fin de semana fuera sola me dijeron que tuviera cuidado y bueno, todas esas cosas que los papis dicen, ¿no? Yo les dije que cero preocupaciones, que me iba a Lisboa, no a Rio. Que conste que yo soy un ser bastante miedoso, y si cuando llegas al albergue lo primero que te dicen es que tengas cuidado, que es fiesta nacional y que va a haber mucha gente, que cuides la mochila y no viajes con objetos de valores, mi cara fue de wtf! Pero he de decir que no la vi una ciudad peligrosa. Es una ciudad, claro está, y hay que andar con cuatro ojos, pero la verdad es que sentí que toda esta alerta no me la habrían dado si hubiera sido un chico viajando solo, por el sencillo motivo de que a la persona que estaba haciendo el check-in antes que yo no le cayeron estos sermones. Llámame paranoica.

En resumen, dada la experiencia, me niego a decir que viajé sola. No estuve sola en ningún momento. Bueno, sí, en más de una ocasión nadie caminaba conmigo. Comí sola, bostecé sola y me quemé la espalda sola, pero no sentía que estaba sola. Al fin y al cabo, la soledad y el hecho mismo de estar solo no tienen una relación directa. A priori pensaba que se abriría ante mí una experiencia ultra-mega-reveladora, pero me di cuenta, una vez metida en el ajo, que nada que ver. Sí, lo típico, hice y deshice a mi agrado, me tiré más tiempo en la Praça do Comércio que en el Bairro Alto —por la similitud que guarda con la Piazza Unità triestina, que tantos buenos recuerdos me trae de unas noches de verano con aperitivos interminables— pero no sentí este no sé qué que pensaba tener, seguramente por la cercanía cultural de Lisboa o por el poco tiempo que duró la escapada. Me encanta estar rodeada de mis amigos, de mi familia, compartir al fin y al cabo, pero creo que subestimamos el estar solo, lo relacionamos con la opaca soledad y todas las connotaciones que se derivan del vocablo. Me he sentido sola rodeada de mucha gente y a la inversa. Y en este caso, como ya he dicho, tal vez por la cercanía cultural o el poco tiempo del viaje (express) me sentí como en casa. Como cuando estoy en Sevilla y me voy a donde me lleven los pies.

Pero que no se me malinterprete. Te invito a que hagas lo mismo y que juzgues por tu experiencia. Al fin y al cabo, fue un viaje de aprendizaje que sin dudas recomiendo. No dejes que la presión de tu entorno te frene los pies. No existe bien material que se compare con el recuerdo de un viaje por el mero hecho de que no te lo pueden arrebatar o cambiar. Está ahí y te hace la persona que sos, para bien y para mal.

Por todo esto, supongo que repetiré la entrada una vez que tenga la oportunidad de hacer un viaje más largo y en un lugar más exótico o lejano culturalmente hablando, para así comparar una y otra experiencia. No veo la hora.

Torinotti

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