Mi primera vez (traduciendo)

En los años de universidad siempre oímos las terribles historias de esos extraños seres que decían ser estudiantes, como nosotros, pero que milagrosamente recibían encargos de traducción estando en tercero o en cuarto. Si eres estudiante y aún no lo habías oído hay dos cosas que debo decirte:

  1. tienes que ir un poco más a clase; y
  2. sí, esos seres existen y viven entre nosotros.

Una parte de nosotros los admiraba por haber recibido un encargo y otra parte se cuestionaba seriamente si un alumno normal podría hacer una traducción decente. Hemos escuchado la historia mil veces y la volveremos a escuchar otras mil, con diferencias pero siempre con el mismo final: el estudiante en cuestión solía meter la pata. O eso nos dicen. Con esta entrada no pretendo hablar ni del porqué de contar esas historias, ni del posible fracaso retratado por el profesor de turno, sino reflexionar sobre la historia en sí desde el punto de vista de una persona que lo ha vivido tan solo hace unas semanas. Además, me parece muy adecuado hablar de mi primera vez traduciendo en mi primera entrada en el blog.

La historia que nos suelen contar suele tener detalles personales que las diferencian, pero lo básico es siempre lo mismo. En esta entrada quiero comentar estos elementos comunes: cliente que no sabe nada de traducción, que intenta ayudarte sin conocer demasiado tu tarea, las dudas del alumno traductor sobre inseguridades, formas de contacto y plazos de entregas.

La primera vez (ante un traducción real) da miedo, mucho miedo. Te pones nervioso, no sabes cómo empezar, dudas en lo más “tonto” y no tienes ni idea de cómo hablarle al ser (cliente) que ha decidido confiar en ti, y con esto viene el primer consejo de esta alumna que aceptó una traducción unos pocos meses antes de acabar la universidad: no tengas miedo a preguntar a un traductor profesional (en mi caso fue una profesora). Parecerá ridículo, pero muchas veces pensamos que nuestras dudas son absurdas, pero no lo son, todos las tenemos al principio; no eres el único, tranquilo.

En mi caso, el cliente era alguien que no había contratado a un traductor nunca, con lo cual ambos éramos primerizos. Ninguno de los dos teníamos mucha idea de cómo dirigirnos al otro, y por lo tanto, recurrí a lo que he nombrado antes, preguntar a una profesora de traducción cómo hacerlo. Su consejo fue maravilloso: “aunque quiera hablarlo todo por teléfono intenta tenerlo todo por escrito, para tu propia seguridad”. Eso me lo dijo pocas horas antes de recibir la segunda llamada del cliente y, como si mi profesora hubiera tenido una visión, me comentó que lo habláramos todo por teléfono, a lo que respondí, de la forma más educada posible, que me gustaría tener todo lo que acordáramos por escrito para que no hubiera ningún malentendido, a lo que gustosamente accedió.

Tengo que hacer un inciso aquí y decir que el primer cliente de mi vida fue especialmente agradable.

(Un detalle que no hay que pasar por alto es SIEMPRE dirigirnos de forma MUY educada a nuestros clientes. Sé que es básico pero nunca está de más recordarlo).

A pesar de ser una persona muy agradable, este cliente no conocía mucho sobre traducción (por no decir que no conocía nada). Un obstáculo con el que me tuve que enfrentar fue la siguiente frase “tengo ya la primera página traducida, no hace falta que la traduzcas ni la leas ni nada, pero si quieres te puedo mandar lo que tengo. Lo he hecho yo”. Nos lo han dicho mil veces en la facultad, si el cliente te dice “esto lo he hecho yo,” huye. Desde la silla de alumno parece que es una tontería, pero pasa de verdad y, en mi caso, en mi primera traducción real. Para más inri, la primera página era el resumen y la introducción del artículo a traducir que, en mi humilde opinión, puede ser la clave para tener una idea global del texto, tanto para ti como para el cliente o lector. El gran problema de esto era que lo había traducido él, que decía no tener gran conocimiento de inglés (la traducción era inglés>español), lo que me hacía sospechar no sólo de la calidad de la traducción, obviamente, sino de la precisión de esa traducción (si no conoce mucho el idioma, ¿cómo está seguro de haber entendido el texto a la perfección?).

El último punto que quería tratar es los plazos de entrega. Los estudiantes nos quejamos de tener normalmente dos traducciones (de unas 200 palabras) por semana, sin darnos cuenta de que fuera de la universidad no tendremos esa cantidad de trabajo tan baja (al menos si encontramos trabajo de traductor). Consejos ante esto: lo primero, por supuesto, dejemos de quejarnos por tonterías. Lo segundo, mejorar nuestras habilidades traductoras es básico, no hay ni que mencionarlo, pero esas habilidades hay que complementarlas con otras, como el buen manejo de un ordenador, que no siempre tenemos y podemos mejorar con un poco de esfuerzo. Los plazos que nos dan en la universidad son un auténtico lujo, ya nos lo hacen ver los propios profesores semana tras semana, y probablemente no tengamos tanta suerte cuando salgamos ahí fuera, a la realidad, así que planifica siempre bien e intenta hacerle ver al cliente (siempre de forma educada) que no eres una máquina y que necesitas un tiempo prudencial. No te agobies.

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Por último, no os tiréis a la piscina sin saber, pero no tengáis miedo a preguntar y confiad un poco en vosotros mismos, aunque jamás os tengáis en tanta estima que no os plantéis las dudas comunes que todos tenemos porque simplemente penséis que estáis por encima de eso.

Tras haber pasado cinco años estudiando, había escuchado mil veces la historia de la primera vez del estudiante de traducción y aunque, como todos, siempre me reía, cuando llegó el momento recordé las historias y entré en pánico. Chicos, no es para tanto, el desconocimiento nos hace tener miedo pero estamos preparados. En muchos casos tenemos que confiar un poco más en nosotros mismos.

See you soon,

Oli

 

Picture from: The Glamorous Housewife
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